Vamos a dedicarle una calle a un escritor japonés que recibió en 1994 el Premio Nobel de Literatura, se trata de Kenzaburo Oe, convirtiéndose en el segundo autor nipón que recibe este premio.
Escritor especializado en literatura francesa por la Universidad de Tokio. Durante su vida publicó novelas, cuentos y ensayos con un estilo denominado "realismo grotesco".
Entre sus obras están Un cuestión personal, donde cuenta su experiencia como padre de un hijo con un tipo de retraso; El grito silencioso o Cartas a los años de nostalgia.
También escribió una tesis sobre Jean Paul Sartre. En su obra va a destacar la condena a la Segunda Guerra Mundial, donde murió su padre en combate. Él siempre se mostró pacifista y antinuclear.
Murió en el 2023 con 88 años.
A continuación un fragmento de su novela La presa:
"Bajé unos cuantos peldaños apretando la cesta contra mi pecho. A la débil claridad que proporcionaba una bombilla desnuda, vi a la «presa» acurrucada en el suelo. Por un momento quedé fascinado contemplando la gruesa cadena de trampa para jabalíes que ataba su negro pie a una pilastra. La «presa», que se rodeaba las rodillas con los brazos y tenía el mentón hundido entre sus largas piernas, alzó hacia mí unos ojos inyectados en sangre, unos ojos aceitosos cuya viscosidad parecía atraparte. Toda la sangre se me agolpó de repente en las orejas, y me puse colorado como la cresta de un gallo. Desviando la mirada, levanté los ojos hacia mi padre, que se apoyaba en la pared apuntando con la escopeta a la «presa». Con un gesto de la barbilla, mi padre me indicó que me acercara. Entornando los ojos, avancé en línea recta y dejé la cesta con la comida delante del soldado negro. Mientras retrocedía de espaldas, una llamarada de pánico me retorció las entrañas y tuve que reprimir las ganas de vomitar. Todos teníamos la mirada fija en la cesta de provisiones: el prisionero, mi padre y yo. A lo lejos ladró un perro. Detrás del agujero del tragaluz, la plaza en tinieblas estaba desierta y silenciosa.
La cesta de provisiones, sobre la que se había posado indecisa la mirada ansiosa del soldado negro, adquirió de repente para mí un renovado interés. Ahora la veía con los ojos del soldado negro hambriento: contenía varias bolas grandes de arroz hervido, así como pescado salado a la brasa y verduras guisadas; también había leche de cabra en una jarra de cristal tallado de ancho gollete. El soldado negro seguía en la postura que tenía en el momento en que entré sin apartar los ojos de la cesta y de su contenido. La situación se prolongaba, hasta el punto de que incluso yo, que tenía el vientre vacío, comencé a sentir calambres en el estómago. De pronto me pregunté si el soldado negro no tocaba la cena que le ofrecíamos por desprecio a su pobreza. Un sentimiento de vergüenza me invadió. Si el soldado negro seguía sin tocar la cena, mi sentido de la vergüenza se contagiaría a mi padre y él, abrumado por la humillación, reaccionaría con indignación, ¡y todo el pueblo se contagiaría de esta vergüenza y se sublevaría contra la afrenta sufrida!"
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